jueves, 9 de julio de 2020

Sed

Ella me invitó a su apartamento, no lo pensé dos veces y acepté ir. Una botella de vino y un buen libro de regalo, una noche donde la nuestra sed será saciada. El olor de su perfume me llegó al abrir la puerta a su aposento. Una dulce sonrisa, y unos ojos profundos me hicieron derretirme. Con un torpe movimiento me acerqué para abrazarla pero nuestras caras se encontraron, un beso en la mejilla me sorprendió. Al principio tenía dudas, pasamos varias horas conversando, bebiendo el vino que me producía un calor en mi pecho, mis latidos eran cada vez más rápidos, cada vez que la imaginaba en mis brazos.

El libro le produjo alegría, pero no supe si era por el regalo o por mi presencia. Su cuerpo tendido en el sillón me estremecía, sus curvas y su figura delicada, sentía que podía tomarla sin dudar, y no opondría resistencia. Nos miramos y callamos, ya eran las once y no había más de que charlar. Me disculpé para ir al baño, sentía que ya había perdido mi oportunidad.

Al salir, medite sobre el placer que me hubiese producido sentir su suave piel en mis labios, poder probar su dulzura y saborearla de adentro hacia afuera. Ella ya no estaba en la sala, me había dejado un camino de sus prendas, empezando por sus medias, su pantalón, su blusa, su sostén, y cuando llegué a su habitación la encontré solo con sus pantaletas.

Si hay algo más bello que una mujer con sus pechos expuestos, no lo sabría, pero fue lo que me atrajo hasta su presencia. La tomé de los hombros y la besé, al fin estaba disfrutando de esos labios, quería morderlos, pero me contuve. Baje por su cuello delicado y fino, mi barba raspaba su piel, eso le excitaba, escuchaba su respiración. Sus latidos se encontraban con los míos, mi sangre hervía, deseaba su carne.

Empecé a besar sus pechos poco a poco, primero el exterior hasta ir con mi lengua hasta sus pezones. No me contuve y empecé a degustarlos, succionarlos uno y luego el otro. Un tatuaje escondido, al verlo más de cerca supe que disfrutaba del dolor. Sus gemidos encendieron mi fuego, en ese momento deseaba comerla, hacerla gritar, no me importaba nada. Mientras lamia su aureola con una mano jugaba con el otro pezón y mi otra mano bajaba por sus caderas. Las ganas de enterrar mis uñas en su piel eran incontrolables, quería escucharla pedir que me detuviera, pero eso nunca llegó.

Cuando finalmente llegué a su pantaleta, se la arranqué sin pensarlo, tenía que ver esa hermosa obra del creador. Una pequeña montaña con un pelo castaño que la cubría levemente, me sentí como una bestia, cuando llevé mi boca a su ya húmedos labios. Por fin la oí gritar de placer, pero yo quería más, deseaba que sufriera, que no pudiera controlarse. Me afinque en ello, mis manos la sostenían por las nalgas y mi cara estaba pegada en su néctar de venus. Una y otra vez mi lengua acariciaba su totalidad, sus gritos y su desesperación, ella quería que me detuviera. No lo hice, seguí hasta que introduje primero un dedo, luego el otro, seguía lamiendo hasta que sus manos fueron a mi cabeza y apretaron mi cabello.

Supe que estaba lista para mi, pero primero quería que me probara, que me cubriera con su boca y me sintiera hasta el fondo de su garganta. Mi sangre hirviendo que fluía por mi hizo sentir su boca fría como el hielo. La tome de sus greñas y la obligue a devorarme, escuchaba como me saboreaba y disfrutaba de ello. Por un instante sentí como salía de mi parte de mi semilla, que se estaba preparando para encontrar su salida. Sus manos jugaban con mi vello y me hacían caricias en mis partes más sensibles. Su mirada se encontraba con la mía, pero yo cerraba los ojos y sentía el momento.

Cuando tuve suficiente de su boca, la alejé y la empujé, ella cayó en su cama, sus pelos negros la hacían ver como una figura misteriosa y salvaje. Me tiré encima de ella y pude sentirla, estaba al rojo vivo, estaba lista, humedecida, todo fue sencillo. Logré entrar hasta el final y ahí el animal en ella despertó. Sus uñas se enterraron en mi espalda mientras la cabalgaba. Mi cuello fue cubierto de sus fauces que me devoraban. Tuve que concentrarme para no explotar, cuando ella alcanzó otra vez el clímax.

Me alejé y tomé sus piernas para llegar más adentro, quería que estuviera llena de mi, fantaseaba con que mi esperma brotara de ella como una fuente. Otra vez me contuve, mordía mi labio, debía resistir. Su boca abierta emitía música para mis oídos, se escuchaba dolor en su voz, pero yo lo disfrutaba. Sus cejas finas formaban una tierna arruga, lleve mi dedo hasta su boca e inmediatamente empezó a chupar mi pulgar, tratando de enmudecer sus gemidos.

Dejó soltar un alarido, sudamos de tanto calor en esa cama, era un desastre. No le di descanso, la volteé y vi su espalda. Otro tatuaje adornaba su delicada espalda, se veía tan frágil, quería domarla, que suplicara, sabía lo que tenía que hacer. Sus nalgas suaves y pálidas, las apretaba y las abría, pude ver su lugar más privado, lo pensé un instante y fui directo a él, el dolor que emitía me hizo saber que nunca lo había hecho de esta forma. Poco a poco fue descubriendo la forma diferente de sentir, sus manos apretaban ya la desordenada sábana que adornaba su cama. Eso fue lo que me detonó, salí de ella y vertí mi totalidad en su hermoso pecho, adornándola con un collar de perlas.

Aun la extraño, a veces vuelvo a pasar por su edificio y veo por la ventana de mi auto. Sé que jamás me olvidará, pero no podemos estar juntos, es muy peligrosos, para ambos. Podríamos terminar matándonos, de placer.

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